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10 octubre 2005

SÓLO UNO DE CADA TRES CONTRIBUYENTES FINANCIA A LA IGLESIA CON SU IPRF



El lento descenso del apoyo económico de los fieles hace muy difícil la autofinanciación En el 2005, la asignación presupuestaria del Estado para la Iglesia Católica es de 141,5 millones de euros

La Iglesia católica sigue alejándose del objetivo de la autofinanciación, al menos mientras la fuente principal de ingresos sea el 0,52% de la cuota íntegra del IRPF de los contribuyentes que así lo consignan en su declaración anual de la renta. En 2004 el número de españoles que decidió destinar esa parte de sus impuestos al sostenimiento de la Iglesia (declaración correspondiente a 2003) volvió a retroceder, un paso más dentro del lento pero imparable goteo que con un breve paréntesis a finales de los noventa se da desde hace una década. Y en 2005, según el primer avance aún provisional de la declaración realizada la pasada primavera, ha seguido cayendo. Sólo algo más del 22% de los contribuyentes puso la cruz en la casilla correspondiente a la Iglesia. Un poco más del 10% decidió asignar la misma cantidad a la Iglesia y a 'otros fines sociales'.

Ello significa que el Estado debe complementar la cantidad aportada por los contribuyentes hasta alcanzar la suma prevista, fijada en los acuerdos con la Iglesia y que ejercicio tras ejercicio figura en los Presupuestos Generales del Estado y por tanto se somete a revisión anual. En 2005, la asignación presupuestaria es de 141,5 millones de euros. El último año fiscal cerrado, el de 2002, para una asignación prevista de 133,3 millones, los contribuyentes aportaron 106 millones en el territorio común y 10 millones en el correspondiente a las cuatro haciendas forales, de manera que el Estado tuvo que aportar otros 17 millones complementarios.

Las finanzas de la Iglesia viven una situación de precariedad, y no sólo porque dependan cada año de la aportación del Estado, cuando según el convenio entre ambos debía tender a la autofinanciación. El último acuerdo económico, firmado en 1999, tenía validez por cinco años, lo que en teoría obligaba a negociar uno nuevo a comienzos de este ejercicio. Pero no ha sido así. En realidad, ni siquiera se ha abordado seriamente el asunto, en parte porque las circunstancias no han sido propicias. La Conferencia Episcopal Española sufrió a comienzos de año una profunda renovación, con el para muchos sorprendente relevo en la presidencia de Antonio María Rouco, arzobispo de Madrid, por Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao. Y poco después, murió el Papa Juan Pablo II y se procedió a la elección de su sucesor, lo que supuso una paralización de buena parte de la actividad del máximo órgano de los obispos.

El Gobierno tampoco ha mostrado un interés especial en propiciar una nueva polémica, después de las habidas con los planes cambiantes sobre la asignatura de Religión en los nuevos programas escolares y en asuntos de índole social como el matrimonio de los homosexuales y la modificación de la ley en lo que respecta al divorcio. De hecho, nadie parece querer ser el interlocutor cuando se habla del dinero asignado a la Iglesia, y Hacienda y Justicia se pasan la patata caliente como si el asunto no fuera con ellos.

Así las cosas, en 2006, el proyecto de Presupuestos Generales del Estado que ha entrado en el Congreso prevé ingresar en las arcas episcopales una dotación de 144,2 millones de euros, lo que supone un crecimiento del 1,96%, muy por debajo del gasto total, que crece un 7,6%, y de la inflación, que el Gobierno sitúa por encima del 3%. Fuentes de Hacienda han comentado a este diario que la partida de la subvención a la Iglesia, como otras de similar índole, crece de forma muy moderada en un intento de ajustar el gasto y reducir la inflación, siguiendo las directrices del Banco Central Europeo.

Posición delicada

La posición del Gobierno en este terreno es delicada, cuando parte de la comunidad educativa ha declarado su guerra a la LOE, con el apoyo explícito del Episcopado. En el seno del PSOE se han escuchado voces muy críticas contra la financiación de la Iglesia. Una de las más fuertes proviene de Álvaro Cuesta, secretario de Libertades Públicas, que ha protagonizado repetidas iniciativas -alguna en la época de Aznar- para eliminar las ayudas estatales a la confesión católica. Incluso ha avanzado la posibilidad de adoptar el 'modelo alemán', en el que son los propios fieles quienes financian a sus instituciones eclesiales mediante un impuesto. Los sectores más laicos del partido aprietan, mientras los más moderados consideran que «no es el momento de abrir nuevos frentes».

La Iglesia propone elevar el coeficiente del IRPF para acercarse a ese objetivo, mientras el Gobierno no ha terminado de concretar un nuevo modelo. En la Conferencia Episcopal dan por hecho que el Ejecutivo socialista no va a actuar por su cuenta y riesgo para denunciar este acuerdo, cuando el propio texto contempla que es una decisión concertada por ambas partes.

Presupuesto de la Iglesia

En ese 'impasse', cada año la Conferencia Episcopal se encuentra con más problemas para cuadrar sus presupuestos. El proyecto para el próximo ejercicio, desarrollado por el Consejo de Economía -que preside monseñor Blázquez y gestiona Bernardo Herráez, vicesecretario para Asuntos Económicos- ha sido ya debatido en la pasada reunión de la Comisión Perma- nente y será definitivo en la plenaria que se celebra en noviembre.

La cantidad no será muy diferente a la de años anteriores. Para este año dispone de 151.274.534 euros, apenas 113.000 más que en las cuentas de 2004. De esa cantidad, la aportación mayor, y definitiva, es la que llega por la vía de la asignación tributaria y del Gobierno, que asciende a 141,5 millones de euros. Las diócesis aportaron el resto a una caja común, que luego se distribuye «con criterios de solidaridad», según se asegura de forma categórica en el Episcopado.

El mayor bocado del presupuesto se lo comen las parroquias, casi 129 millones, sobre todo para el sueldo de los sacerdotes y el personal civil, con una cantidad de 113 millones de euros. Las actividades pastorales consumen 14 millones. La frase de que «es mejor una Iglesia pobre, pero libre» es muy bonita para la pizarra, pero la realidad es menos romántica y, hoy por hoy, la Iglesia necesita la ayuda del Estado para sobrevivir.

Información extraida de: Hoy Digital
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