18 julio 2006

EL ESCARNIO DIARIO DE AHMED


Una pareja de homosexuales en
una ciudad de Marruecos.

Cuatrocientos islamistas someten a vergüenza pública a un estudiante gay y le expulsan de la residencia universitaria de Fez

"Eres como un virus al que hay que exterminar". Cuando hace un mes escuchó a cuatro barbudos pronunciar esta frase, Ahmed, nombre supuesto, pensó que su suerte estaba echada. Aquella noche cuatro estudiantes islamistas le vinieron a buscar a su cuarto del colegio mayor Dar el Mahraz, de la Universidad de Fez, donde escuchaba música con otros compañeros. Le preguntaron si era homosexual y Ahmed, de 26 años, estudiante de Ciencias Económicas, que nunca disimuló su orientación sexual, les respondió afirmativamente. Entonces le obligaron a acompañarle hasta el campus y cuando vio a los islamistas allí concentrados sus peores temores se confirmaron: iban a "juzgarle" por ser gay.

Unos 400 islamistas, entre los que abundaban los hombres maduros que no eran estudiantes, formaban, en medio del campus, un cuádruple círculo compacto que impedía acercarse a todos los demás. Vestidos con chilabas o con camisas, muchos de ellos llevaban chalecos pese al calor primaveral para, probablemente, disimular sus armas blancas que no llegaron a exhibir.

Algunos pertenecían a las juventudes del Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD), la principal fuerza de oposición parlamentaria, mientras que los demás eran miembros de Justicia y Caridad, el gran movimiento islamista ilegal pero tolerado. Curiosamente, los primeros fueron más vehementes con el joven gay.

Sentado en medio de los barbudos, Ahmed fue acusado no sólo de ser homosexual, sino de haber practicado sexo en el colegio mayor -aseguraron poseer testimonios grabados- y de provocar vanagloriándose de su orientación sexual.

"Les contesté que sí, que era gay, como lo son cientos de miles de marroquíes, incluidos otros muchos estudiantes de Fez y varios profesores que lo esconden", recuerda aún acongojado en un restaurante de la ciudad. "Les grité también que no hacia daño a nadie, que nunca practiqué sexo en el recinto universitario y que aportasen pruebas de sus acusaciones".

Poco después de medianoche, tras tres horas de audiencia salpicadas de insultos coreados por la asamblea, los 24 miembros del "jurado" empezaron a deliberar. Dos optaron por que recibiese 20 latigazos y fuese excluido de la universidad; cuatro, por el destierro de la ciudad; cinco, por la expulsión de la facultad pero sin azotes, y 13, la mayoría, por obligarle a abandonar la residencia universitaria y permitirle asistir a clase y examinarse, pero con condiciones.

La "sentencia" estipula que Ahmed no podrá atravesar el campus y deberá entrar en la facultad por una puerta trasera. Sólo podrá permanecer en ella el tiempo necesario, sin extenderse más charlando con otros estudiantes ni frecuentando la cafetería. Su incumplimiento acarrearía mayores sanciones, acaso incluso físicas.

Pasada la una de la madrugada cuatro barbudos escoltaron a Ahmed a su habitación para que recogiese sus pertenencias. "Les pedí, les supliqué que me dejasen pasar una última noche en el colegio mayor porque no sabía dónde ir a esas horas, pero se negaron en redondo", recuerda el "condenado". Insistían en que había que ejecutar el "veredicto". "Creáme, son unos psicoterroristas".

Escaldado por una anterior experiencia en un semanario marroquí, Rachid el Aduni, un militante del PJD y miembro del "jurado", rehusó entrevistarse con este corresponsal. "La legislación marroquí, y también la ley divina, prohíben la homosexualidad, y nosotros no hemos hecho más que aplicarla", consiente a duras penas a explicar por teléfono tras recordar que la policía no entra casi nunca en el recinto universitario.

El artículo 489 del Código Penal prevé penas de seis meses a tres años de cárcel y multas de 11 a 110 euros, para los homosexuales, aunque hace tiempo que los tribunales no pronuncian ninguna condena.

La policía sí efectúa, muy de cuando en cuando, alguna redada. Una de las más sonadas ocurrió en junio de 2004, en Tetuán, donde fueron detenidas 43 personas que celebraban un cumpleaños. La movilización internacional incitó a Rabat a ponerles en libertad al cabo de unos días.

Sentado en la cantina de la universidad, Mohamed el Yubi, líder de las juventudes de Vía Democrática, un grupo de extrema izquierda que goza aún de cierta implantación universitaria, confirma la versión del escarnio narrada por Ahmed. También la corrobora Bennur Hucine, secretario de la sección local de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos. "Con el seudojuicio, los barbudos no trataron sólo de infligir un castigo ejemplar a un homosexual", sostiene El Yubi. "Hicieron además una demostración de fuerza después de perder una batalla".

Tres semanas antes, los islamistas fueron derrotados en una macroasamblea cuando intentaron imponer el cierre, a las nueve de la noche, de la residencia de chicas. "Les vencimos argumentando que la biblioteca está abierta hasta las doce y ellas acuden allí a estudiar", añade.

Pero si El Yubi y sus correligionarios, que controlan en Fez el sindicato universitario, están en contra de la expulsión de Ahmed, "que nunca cayó en la provocación", también se muestran convencidos de que el estudiante de Económicas "está enfermo". "Había que haberle brindando apoyo psicológico, convencerle de que fuese a un médico para corregirse", recalca Aziz, otro militante de Vía Democrática.

Ahmed recuerda con emoción contenida la "noche infernal" de su exclusión manu militari, y finalmente se le saltan las lágrimas cuando habla de sus padres en Taza, una localidad entre Fez y Melilla. "A través de la familia de un chaval de Taza, que estudia aquí, se enteraron de que soy gay", afirma apesadumbrado.

"Desde que lo supieron, mi padre no para de repetir, según me cuenta un hermano, que no soy su hijo, y mi madre se niega a hablar conmigo por teléfono", se lamenta. Por primera vez, este verano Ahmed no irá de vacaciones a su casa familiar de Taza. "Lo único que me queda ahora", prosigue, "es el trabajo" a tiempo parcial en un taller textil con el que costea sus estudios. "El dueño es un hombre piadoso y temo que en cualquier momento algún mal bicho se acerque a revelarle mi secreto y me despida", afirma angustiado. "Cuando me expulsaron de la residencia pensé en irme a otra ciudad, pensé incluso en suicidarme, pero me repuse". "Pero si pierdo el empleo...".

"Mire, aquí, en Marruecos, los gays no queremos ni casarnos ni que se nos reconozca ningún derecho", concluye en tono de súplica. "Nos bastaría con que nos dejasen en paz".

Poco probable que suceda en una sociedad cada vez más impregnada de religiosidad y en la que Mohamed Asseban, miembro del consejo de los ulemas (doctores del islam) de Rabat, preconiza aún "la hoguera para los homosexuales".

El primero en salir del armario

"Temblaba por dentro". Abdelá Taia, de 33 años, recuerda su aprensión cuando evocó su homosexualidad en un debate, el pasado invierno, sobre su obra literaria en el Instituto Francés de Meknes (Marruecos), ante una sala atiborrada.

Taia, un escritor que empieza a abrirse camino, ha hecho historia en su país al ser el primer marroquí que reconoce abiertamente, sin ser forzado como Ahmed, el estudiante de Fez, su orientación sexual.

Rachid O., otro literato marroquí, también se declaró gay, pero nunca desveló su verdadera identidad y, a diferencia de Taia, sólo publicó bajo seudónimo en Francia y no en Marruecos.

Taia evoca su homosexualidad en libros, escritos en francés, como El Ejército de Salvación, editado en primavera en su país.

Por sorprendente que parezca, la doble confesión del escritor, de viva voz y en su obra, no ha suscitado, por ahora, reacciones hostiles en Marruecos, acaso porque se mueve en ambientes intelectuales. "El francés me protege", reconoce.

La prensa francófona, independiente u oficialista, menciona su orientación sexual de forma aséptica y los órganos islamistas le ignoran. "Incluso he sido invitado a la televisión, aunque no me han preguntado por el tema", comenta sorprendido del eco que suscita su obra.

Taia nació en Salé, la ciudad pegada a Rabat, en una familia numerosa y humilde, y ahora vive en París. "En Europa es más fácil", señala. "En Marruecos se nos inculca el temor a ser mal visto, a tener vergüenza". "Todo se hace a escondidas". "Estamos cansados de disimular".

Información extraida de: El Pais

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