26 diciembre 2007

Educación y violencia

El Congreso de los Diputados ha declarado ilegal el cachete, esa bofetada a tiempo que decían nuestros mayores. En el refranero español hay otras alusiones a la violencia física ejercida contra los débiles, como aquellas de "quien bien te quiere te hará llorar" o "la letra con sangre entra". Entrar, sí que entraba la letra, aunque no hay mejor manera de que la burricie se perpetúe no solo por incapacidad congénita sino por el inmerecido maltrato de los maestros de otras épocas hacia unos pobres niños que no daban más de sí. Esos niños, cuando se hacían mayores, ni querían saber nada con la letra ni con los buenos modales. Ellos, a su vez, maltrataban a sus hijos en injusta correspondencia. Testigo he sido del maltrato escolar y del maltrato familiar con los niños. Incluso sujeto pasivo en alguna ocasión, inmerecidamente. No hay mérito en maltratar a un niño ni demérito que lo justifique. El abuso para con los débiles, para con los niños, no va a desaparecer, pese a la ley, de puertas adentro de muchos hogares españoles. A mí que no me vengan con que todo se hace con el noble propósito de enderezar la vida de una criatura a base de violencia. Nunca la usé contra mi hijo como la usaron contra mí en alguna ocasión, tanto en la escuela como en la familia. Ese supuesto derecho de los padres y de los educadores no deja de ser una barbaridad consentida por la sociedad. Las religiones han utilizado y siguen utilizando, en base a las creencias y costumbres, la violencia hacia los niños. El islamismo permite la ablación del clítoris de las niñas. Los Testigos de Jehová se creen con el derecho a jugar con la vida de sus hijos oponiéndose a la transfusión de sangre. En la escuela católica han sido norma de educación no sólo el cachete, el coscorrón o la colleja sino la violencia psicológica disfrazada de paternalismo. ¿Será por eso que se oponen a la asignatura de Educación para la Ciudadanía? Históricamente hasta los propios padres han sido permisivos cuando no alentadores de tantos y tan bárbaros medios como modelo de educación personal. No es extraño que con tales modelos hayan surgido y seguirán surgiendo, si no lo remediamos, otros modelos más degenerados como el de la violencia machista, el acoso escolar, el maltrato a mendigos y a diferentes. Maltrato que en ocasiones llega al asesinato, al extremo de quitarle la vida a una persona porque es pobre o es negro o es homosexual. El abuso del débil, del desprotegido, ha sido un mecanismo utilizado en forma de tortura con más frecuencia de lo que corresponde a una sociedad civilizada. Para algunos de esos maltratadores es una forma de ejercer la autoridad la capacidad que tienen para ejercer la violencia. Pregunten en los servicios de urgencia de los hospitales la proliferación de casos en los que los padres intentan presentar como consecuencia de la autoridad paterna lo que es sencillamente pura violencia física cometida contra quien no puede defenderse.

Se han cometido demasiados errores en la educación de los hijos a base de modelos de violencia. Es por eso que muchos de ellos, copiando el modelo, han sido, son y serán beligerantes apalizando a los que permanecen mudos ante el abuso, como los niños, las mujeres, los animales, los pobres y los diferentes. Sin hablar de la tortura mental a la que someten a sus semejantes. Tales conductas, por supuesto, nada tienen que ver con el cachete, a veces desproporcionado, con el que muchos padres pretenden ejercer su autoridad, pero hay otras maneras de educar sin violencia paternalista.

 

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