17 diciembre 2007

Travestidos en los cuentos de Navidad

La cuestión es elemental, querido Watson. Si los teatros británicos se llenan de niños, es que estamos en Navidad. Y los niños ya están ahí, en palcos y plateas. Son los clientes mimados, porque no hay nada como cuidar la futura cantera de espectadores. Desde primeros de mes, con la misma puntualidad que las hojas desaparecen de los árboles, los sesudos autores se caen de la cartelera londinense para dejar paso al Gato con Botas, Peter Pan, Blancanieves, La Bella y la Bestia y Robin Hood.

Los personajes de los cuentos infantiles son los clásicos de la pantomima, el más popular de los géneros teatrales, que ha sobrevivido porque ha sabido renovarse. Las panto del siglo XXI combinan la nostalgia de las casas de chocolate, los bosques mágicos y los lobos feroces, con las pautas sociales y la moral de hoy. Esta forma renovada de la comedia del arte utiliza, como marca la tradición, un doble lenguaje, de forma que todos puedan divertirse.

Los niños siguen la magia de un relato que conocen, contado con trucos escénicos, fabulosos decorados y personajes disfrazados con trajes extravagantes. Mientras saltan en la butaca, tocan las palmas y cantan, los críos esperan emocionados el tortazo en la cara, abuchean al malo y, cuando hay peligro, gritan: "Detrás de ti, detrás de ti", para avisar al bueno que anda desprevenido.

Entretanto, sus padres y el resto de los adultos, son los cómplices de otra obra, que se desliza a través de gestos insinuantes, frases ambiguas, alusiones sexuales y chascarrillos sobre la actualidad. Estos días el venerable Old Vic de Londres ofrece una Cenicienta, obra del ingenioso actor y escritor Stephen Fry.

En su versión, las malignas hermanastras de la dulce protagonista son dos travestidos musculosos, Dolce y Gabbana. "Somos damas, grandes y fornidas, somos damas. Pasad de Moss, olvidad a Diana. Aquí están la suculenta Dolce y la linda Gabbana", cantan el par de callos, mientras menean las caderas. Cenicienta, que anda todo el día frotando suelos y solo habla de productos de limpieza, tiene un confidente gay, que vivirá en paralelo su historia de amor con el paje del príncipe.

El narrador, una mujer vestida de hombre, también tiene algún cromosoma cruzado y la reina, con los mofletes colorados, anda tambaleándose sin encontrar la vertical, con una copa en la mano. Al juego navideño se prestan algunos de los actores más reputados del gremio. Durante dos Navidades, en este mismo teatro, el gran Ian McKellen disfrutó de lo lindo, calándose una peluca de rizos rojos y luciendo unos exuberantes pechos, en una versión muy celebrada de Aladino.

La panto es algo tan de diciembre en las islas (incluida la de Irlanda), como el pavo con castañas o el pudín de ciruelas del día 25. En Londres las hay en todos los barrios y en cualquier lugar, como clubs privados, pubs, o escuelas. La mayoría de los británicos recordaran siempre con cariño, como uno de estos cuentos fue la primera experiencia teatral de su vida. Temiendo por la vida de Caperucita o viendo como le crecía la nariz a Pinocho, nació una afición, que quizá explica la vitalidad inigualable del teatro aquí.

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