20 enero 2008

En tierra oscura

FRAGMENTO LITERARIO: LECTURA

La bióloga e investigadora Helen Epstein, en su libro 'El remedio invisible' (Alba Editorial), viaja por todo el continente africano para dar una respuesta exhaustiva a una de las más terribles enfermedades de nuestro tiempo, el sida

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Lo primero que me llamó la atención cuando llegué a Bukoba -una polvorienta ciudad tanzana de 60.000 habitantes a orillas del lago Victoria- fue lo devoto que parecía ser todo el mundo. Las torres de las iglesias de siete religiones distintas sobresalen de la densa arboleda, y la ceremonia de los fieles un domingo por la mañana -los hombres visten trajes oscuros; las mujeres, espectaculares sombreros de Pascua, y los numerosos niños, chaquetas, corbatas y vestidos de fiesta- recuerda a un desfile real. Aquí, la gente llama a sus hijos Moisés, Deus y Agustina. Antes del trabajo, de las comidas, de ir a la cama y de salir de la ciudad se recitan plegarias, y hasta las conversaciones más cotidianas están salpicadas de bendiciones. No me sorprendió cuando un grupo de chicos del instituto local me contó que aspiraban a ser sacerdotes u obispos.

No obstante, si uno pasa suficiente tiempo en Bukoba, se da cuenta de que ha visto a los futuros obispos comprando preservativos en las tiendas de la ciudad y de que el hostelero -cristiano renacido- alquila a las parejas habitaciones por horas. Bukoba es la capital de la región de Kagera, una franja verde situada entre las rocosas colinas del valle del Rift, entre la orilla occidental del lago Victoria y las fronteras de Ruanda y Uganda. Probablemente, la pandemia global del sida se iniciara aquí, en la región de Kagera, en la década de 1970. Los investigadores creen que el VIH surgió en algún lugar de África occidental a principios del siglo XX y después se propagó lentamente por África central a lo largo de décadas, sin que los responsables de salud pública se percataran. Posteriormente, a finales de la década de 1970, hubo la primera epidemia explosiva en Kagera, y rápidamente se extendió a Ruanda, Burundi y el sur de Uganda. Desde allí, el virus siguió su camino hacia el este, a Tanzania y Kenia, y hacia el sur, hasta llegar a Zambia, Malaui y Zimbabue, y de allí al resto del continente.

Es probable que la explosión de VIH no surgiera en Kagera por azar. Las mujeres de esta región tienen una larga tradición de prostitución que data de los tiempos coloniales, y aún hoy tienen mala reputación en África oriental. Kagera es tremendamente fértil, y en los tiempos del colonialismo se convirtió en un centro para el cultivo del algodón y del café, muy demandados en los mercados mundiales a principios del siglo XX. El auge de los cultivos comerciales hizo ricas a algunas familias, pero también planteó inconvenientes, en especial para las mujeres. Según las costumbres de los hayas -principal tribu de Kagera-, las mujeres hacían todo el trabajo rural, pero no recibían ninguna compensación y, a diferencia de las mujeres de las tribus vecinas, no se les permitía heredar la tierra de sus padres; a veces, sus suegros se lo quedaban todo cuando sus maridos fallecían, incluidos los niños. A medida que se incrementaba el comercio, las mujeres se convirtieron prácticamente en esclavas de sus maridos. Un funcionario colonial escribió en la década de 1930 que los hayas "tenían a sus mujeres por máquinas agrícolas y por sirvientes domésticos. Después de trabajar todo el día mientras sus maridos ocupaban el tiempo dignamente bebiendo y cotilleando, volvían a casa para preparar la cena, pero si el amo y señor todavía estaba bebiendo en casa de algún vecino, a la mujer no se le permitía comer hasta que él llegara, mucho más tarde". Pegar a las mujeres era habitual, así como abandonarlas, a menudo, con la excusa de que eran demasiado "perezosas".

La prostitución en las ciudades en auge de África oriental de la época de las colonias ofreció a las mujeres haya una salida de este mundo dominado por los hombres. En Nairobi y en Kampala, las mujeres prostitutas haya eran trabajadoras libres. No había proxenetas y la policía colonial hacía normalmente la vista gorda. En unos años podían ahorrar lo suficiente para volver a casa y comprarse su propio terreno. En Kagera, las prostitutas que regresaban formaban un grupo de élite. (...)

Sin embargo, hacia 1920, estas prostitutas habían traído a Kagera una temible epidemia de sífilis, y en la primera mitad de siglo XX, las enfermedades de transmisión sexual se hicieron tan frecuentes, que los hayas empezaron a llamarse a sí mismos "los moribundos". En la década de los cincuenta, la incidencia de la sífilis inició su declive. (...)

... En 1978, Idi Amín reclamó para Uganda parte de la región de Kagera y bombardeó la frontera en un intento por anexionar la región. Para defenderla de las ambiciones de Amín, el Gobierno tanzano reclutó gran número de voluntarios, que acuarteló en Bukoba. No mucho tiempo después, soldados, contrabandistas y prostitutas empezaban a volver de los puestos militares y de los enclaves comerciales de la frontera no sólo con sífilis, gonorrea y otras ETS, sino con síntomas extraños que nadie había visto antes. La nueva enfermedad no tardaría en propagarse a través de las complejas redes de relaciones sexuales de la región -simultáneas o de otro tipo-, y hacia 1987, cerca de una cuarta parte de los adultos de Bukoba eran seropositivos. En el otro lado de la frontera, en las ciudades del sur de Uganda -Masaka, Rakai, Kampala-, la incidencia del VIH era casi igual de elevada.

Entonces ocurrió algo sorprendente. A finales de la década de 1980 o principios de la de 1990 comenzó a disminuir la tasa de infección por VIH en toda la región. Hacia 1996, la incidencia del VIH en Bukoba había caído a la mitad, y hacia 2003 era un 80% más bajo que su punto álgido 15 años antes. En el sur de Uganda se observaron disminuciones similares durante el mismo período. Se habían salvado millones de vidas. (...)

En los primeros años de la década de 2000, muchos expertos en sida viajaron a Uganda para tratar de averiguar las causas de la disminución. Miles de millones de dólares en financiación para los programas globales contra el sida estaban en juego, y la cuestión pronto se vio envuelta en la polémica. La mayoría de los funcionarios de salud pública lo atribuían al compromiso gubernamental y a los programas de promoción de los preservativos; los cristianos evangélicos destacaban los programas de promoción de la abstinencia en colegios e iglesias; los funcionarios de la Organización Mundial de la Salud hacían hincapié en las nuevas estructuras burocráticas diseñadas por sus consultores, etcétera. Aunque es evidente que todos estos factores desempeñaron su papel, no parecía que pudiesen explicar la disminución, y en su momento saqué mis propias conclusiones. Me parecía que lo más importante era algo para lo que los expertos en salud pública no tenían un nombre ni un programa. Podríamos describirlo como un movimiento social basado en un sentido compartido de humanidad, acción colectiva y ayuda mutua imposible de cuantificar o medir. Lo más parecido podría ser el concepto de "eficacia colectiva" -la capacidad de los individuos para reunirse y ayudar a otros individuos desconocidos- del sociólogo Felton Earls, de Harvard. Earls ha relacionado esta capacidad con los índices de criminalidad de ciertas ciudades estadounidenses, y podría tratarse de algo esencial a la hora de combatir el sida.

En la década de 1980 y principios de la de 1990, mientras los habitantes de la mayor parte de los países africanos ignoraban la crisis, cientos de pequeños grupos comunitarios de lucha contra el sida habían surgido en Uganda y en Kagera con el objetivo de consolar a los enfermos, cuidar de los huérfanos, advertir a la gente de los peligros del sexo ocasional y enfrentarse a la particular vulnerabilidad a la infección de las mujeres y las chicas. El Gobierno de Yoweri Museveni emprendió sus propias campañas de prevención, y la Organización Mundial de la Salud aportó financiación, pero mucho dinero había salido también de los bolsillos de los propios pobres. Su compasión y sus esfuerzos sacaron a la luz la enfermedad, hicieron que la gente hablara de ella, redujo el estigma y la negación, y condujo a una profunda transformación de las normas sexuales. Se trataba de un proceso fuertemente africano, pero en muchos aspectos era similar a la respuesta compasiva, visible y enérgica de la comunidad homosexual de los países occidentales en la década de 1980, en que la incidencia del VIH en este grupo también disminuyó sostenidamente.

¿Por qué surgió este movimiento en Uganda y en Kagera pero en ningún otro lugar de África hasta mucho después? Es difícil saberlo con seguridad, pero tal vez esté relacionado con el hecho de que los habitantes de esta región entendieran antes que los demás que en esa parte de África el sida no sólo era una enfermedad de prostitutas, camioneros y otros grupos de alto riesgo. Quienes se unieron a este movimiento social probablemente desconocían la palabra "simultaneidad", pero, aun así, las campañas del Gobierno dejaban claro que todo el mundo corría peligro. A su vez, es posible que esto creara un sentido de urgencia colectiva que animara a la población a movilizarse. (...)

En un viaje a Uganda en febrero de 2006 visité la sede en Kampala del Fondo Mundial contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria. Este organismo sanitario internacional, con sede en Ginebra y presupuesto multimillonario, había sido inaugurado por todo lo alto en 2002, poco después de la primera sesión especial sobre el sida de la Asamblea General de la ONU, y saludado como un mecanismo de lucha transparente y eficaz que iba a permitir la provisión de los elementos de prevención y de tratamiento prescritos en aquella sesión (como medios para detectar la presencia del VIH, preservativos y medicamentos antirretrovirales). Los países donantes, entre ellos, Estados Unidos y el Reino Unido, además de filántropos como Bill Gates, habían donado hasta la fecha unos 5.000 millones de dólares al Fondo Mundial para financiar magníficos programas en todo el mundo. Los fondos iban a ser controlados por personal local. (...)

El Fondo Mundial había entregado hasta la fecha 54 millones de dólares a Uganda, pero en agosto de 2005, una auditoría de la empresa PricewaterhouseCoopers llegó a la conclusión de que la mayor parte de este dinero se encontraba en paradero desconocido. Nadie sabía exactamente cuánto se había perdido, pero las estimaciones rondaban las decenas de millones de dólares. Según la auditoría y la información aparecida en algunos periódicos locales, una parte había acabado en cuentas corrientes de funcionarios públicos; otra, en falsos viajes al extranjero para participar en reuniones y en "seminarios"; otra, en campañas de algunos ministros en busca de la reelección; otra pudo haber sido destinada a campañas para eliminar los límites a la reelección presidencial, con el objeto de que el presidente ugandés, Yoweri Museveni, pudiera presentarse de nuevo a las siguientes elecciones; finalmente, otra parte quizá fuera a parar a los bolsillos de los compinches del Gobierno, "para ir gastándolo según fuese siendo necesario".

Poco después de que se hiciera pública la auditoría de Pricewaterhouse, el Fondo Mundial suspendió temporalmente todas las entregas de fondos a Uganda. Las autoridades ugandesas reaccionaron de inmediato despidiendo a todo el personal responsable del proyecto, que era el encargado de supervisar la financiación, incluyendo a las recepcionistas y las señoras de la limpieza. Se contrató a un nuevo equipo y se puso en marcha una comisión para investigar cuánto dinero se había robado, quiénes eran los ladrones y qué se había hecho con él. (...)

Todo esto fue muy deprimente para mí, porque amo Uganda. Cuando se convirtió en el primer país en registrar una disminución nacional de las tasas de contagio por VIH en la década de 1990, es probable que se salvaran un millón de vidas. El acalorado debate posterior sobre si había sido consecuencia de la abstinencia, la utilización de preservativos o -la explicación que personalmente suscribo- de la renuncia pragmática a las relaciones sexuales ocasionales, ocultó el hecho de que lo que realmente tuvo trascendencia no fue ninguna de estas cosas en sí misma. En unos momentos en que los expertos en salud pública desconocían toda fórmula mágica para luchar contra el sida, los ugandeses organizaron su propia respuesta a la crisis. El propio Yoweri Museveni estaba muy preocupado por el sida, y sus pragmáticas declaraciones tenían la virtud tanto de exponer a las claras la naturaleza del peligro como de permitir el funcionamiento de los programas comunitarios.

Ahora, algunos miembros del Movimiento de Resistencia Nacional (MRN) de Museveni parecían haber confundido el Fondo Mundial con un bufé libre. La comisión averiguó que tres miembros del Gabinete pertenecientes al partido MRN y vinculados al Ministerio de Sanidad habían amañado el tipo de cambio de los desembolsos del Fondo Mundial con un banco local, habían contratado a parientes sin cualificación para puestos altamente remunerados, habían concedido préstamos a organizaciones no gubernamentales que únicamente contaban con una dirección postal, y habían empleado el dinero para campañas políticas. Los ministros negaron toda responsabilidad y acusaron a la comisión de deslealtad a Uganda por el mero hecho de formular las alegaciones. El propio presidente Museveni advirtió de que podía no aceptar las conclusiones de la comisión. "Algunas de estas comisiones no son serias", declaró al periódico ugandés New Vision.

Se trataba del mismo presidente Museveni que 15 años antes había afirmado lo siguiente en un discurso: "Todo ugandés debe hacerse las siguientes preguntas: '¿qué estoy haciendo para mejorar la vida de los enfermos de sida?'; '¿en qué les he ayudado hoy, esta semana, este año?". ¿Habían abandonado el presidente y su partido la causa de la lucha contra el sida? Y si era así, ¿por qué? La respuesta, si es que la llegamos a conocer algún día, depende mucho de la historia reciente de Uganda y de los mecanismos contemporáneos de cooperación internacional. -

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