01 enero 2008

¡Por la familia cristiana!

El coronel Pol Pot intentó, a partir de 1975, hacer desaparecer la institución de la familia. Quería acabar con todo cimiento de la sociedad tradicional camboyana para construir un orden totalmente nuevo. El país de la antigua Indochina francesa no pudo más: los bombardeos estadounidenses previos al régimen de Pol Pot, la guerra civil y la dictadura genocida del Khmer Rouge dejaron cientos de miles de cadáveres, algunos sin enterrar.

José Luis Rodríguez Zapatero no es Pol Pot, por fortuna. Frecuentemente se ha fotografiado con el magnate Emilio Botín. Llama cada dos por tres a Pedro J. Ramírez para evitar que este lo convierta en su segundo Felipe González -a pesar de ello el director de El Mundo no ha parado de hacerle jugadas-. Koplowitz, Pérez, Entrecanales y otros apellidos del círculo de los grandes propietarios han estado varias veces en La Moncloa. No estamos en medio de ninguna revolución.

A pesar de esto, muchos gritaron el pasado domingo en la madrileñísima Plaza de Colón contra la destrucción de la familia cristiana. Las uniones homosexuales como matrimonios, así como la laxitud a la hora de adoptar (por no hablar del aborto) pretenden ser esgrimidas como amenazas para la familia, cuando no son más que componentes de una ampliación del espectro de libertades exigida por la moderna sociedad de consumo, protegida por este Gobierno socialista, y por el que venga o tenga que venir.

Muy débil e insegura ha de sentirse la familia tradicional para protestar contra la ampliación de opciones a la hora de convivir. Nadie ataca a la familia cristiana. Esta podrá hacer su vida normal a lo largo de los años y siglos que nos queden. ¿Necesitan la coerción para no desmadrarse?

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