30 enero 2008

Una Iglesia entre tinieblas

"Ya no es políticamente correcto decir que la homosexualidad es una enfermedad, una carencia, una deformación de la naturaleza propia del ser humano. Eso que decía cualquier diccionario de Psiquiatría diez años atrás, hoy no se puede decir". "Sólo un 6% de los homosexuales se deben a cuestiones biológicas". "No hay que confundir la homosexualidad como necesidad existencial de una persona, con la que es practicada como vicio. La persona practica como puede practicar el abuso de menores. Lo hace porque le atrae la novedad, una forma de sexualidad distinta". "La biología dice que normalmente es una enfermedad (…) puede haber una situación concreta que tenga otra explicación y tal, pero normalmente nadie quiere ser homosexual".

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Las frases anteriores han sido pronunciadas por dos obispos españoles, el de Tenerife y el de Orihuela, en el que imagino sería un momento de oscurantismo divino, y no me refiero al color de la sotana precisamente. A estas alturas de la era cristiana no sería extraño que, si los "mensajeros de Dios" tienen emisora de radio y canal de televisión en el mundo terrenal, el Altísimo tenga su propia "endesa" en el mundo celestial para iluminar, en la tierra, a ciertos mortales que no desean seguir cegados por esa ignoracia que, como leí en una ocasión no recuerdo dónde ni cuándo, "a medida que se prolonga adquiere confianza". Si a dicha ignorancia le añadimos ese afán por hacer política en lugar de evangelizar en un mensaje de respeto y amor al prójimo, Dios debe estar pensando en abandonarnos pronto a nuestra suerte si no lo ha hecho ya.

 
Recuerdo muy bien cómo eran las clases de la asignatura de religión durante mi etapa de instituto: el cura que impartía la misma nos dictaba las preguntas del examen con sus respuestas un día antes de su celebración. A la semana siguiente nos facilitaba las notas que, más que valorar el contenido de la prueba, se adjudicaban en función de la mayor o menor simpatía del profesor hacia el alumno. A pesar de que el premio al esfuerzo brillaba por su ausencia, mi interés por esta asignatura no decayó, aunque no era el mismo que el que profesaba por otras, y solía prestar atención a las explicaciones dadas en clase sobre el contenido de la Biblia. En dichas explicaciones se nos presentaba a un Dios misericordioso, Padre de todos los seres de la Tierra, Padre bondadoso y comprensivo, Padre creador de sus criaturas a su imagen y semejanza: deduje que Dios sería hombre, pues fue un varón su primera creación, pero también mujer, para no caer en contradicción y mucho menos en discriminación machista. Desconozco cuál es el color de la piel de Dios, si es que la tiene, pero imagino que, del mismo modo que es hombre y mujer, también es negro, blanco o mulato, por aquello de no caer en el racismo y entrar en contradicción con la afirmación, una vez más, de que todos sus hijos fueron y son creados a su imagen y semejanza. Del mismo modo podría afirmarse que Dios también abarca las diferentes orientaciones sexuales, aunque la única prueba de su orientación heterosexual sea la concepción de María, eso sí, sin contacto carnal alguno.

 
Teniendo en cuenta que los seres humanos no elegimos nuestro sexo, el color de nuestra piel o nuestra orientación sexual al nacer, y que somos una perpetuación de la imagen y semejanza del Dios creador, ¿cómo es posible que determinados jerarcas eclesiásticos desprecien tanto a la mujer respecto al hombre, o traten a otros seres humanos como enfermos simplemente por su orientación sexual?; ¿cómo se puede predicar, en lo referente a un tema tan sangrante como el de los malos tratos, que en otras épocas había más "paciencia, tolerancia y espíritu de sacrificio para afrontar los problemillas de la vida en pareja"?; ¿cómo se puede sostener, en pleno siglo XXI, que la homosexualidad es una enfermedad simplemente porque era considerada como tal en otra época?. Ya se sabe que, en otros tiempos tan añorados por algunos, había quien sostenía que la Tierra no era redonda sino plana, que los negros no podían ser libres sino esclavos, que la mujer no podía tener los mismos derechos que el hombre sino estar sometida a él, o que la homosexualidad no era una orientación sexual más sino una enfermedad. Ya se sabe que el hombre, en su afán por minimizar su ignorancia, ya no afirma hoy lo que afirmaba en otras épocas. Y también se sabe que todavía hay quien prefiere seguir entre tinieblas prolongando su ignorancia y la de aquellos que estén dispuestos a otorgarles su confianza, aunque con ello denigren a sus semejantes, a sus hermanos, a los hijos de un Dios que ya tarda demasiado en echar de sus templos a estos mercaderes de su palabra.

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