25 febrero 2008

Mano dura, cabeza y corazón

Se da la circunstancia de que la depravación de los usos políticos es proporcionalmente mayor cuando menor es el grado de concienciación cívica y de movilización social de los ciudadanos: La abdicación que desde hace años viene haciendo la sociedad civil de sus derechos está en el origen de la corrupción que anida en un sector de la vida pública, del deterioro y posterior privatización de los servicios públicos básicos, de los abusos que los poderosos –siempre unidos- ejercen sobre quienes no lo son y, lo que todavía es más grave, de la progresiva erosión de los cimientos de la democracia, que es un sistema político que no puede mantenerse sin la participación activa y constante de los ciudadanos en la vida pública, sin su reproche, sin sus exigencias, sin su grito ni su puñetazo sobre la mesa. La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Pero si el pueblo no quiere saber nada de lo que ocurre a su alrededor, se deja manipular y llevar al huerto del engaño –trasvase del Ebro, por ejemplo-, entonces estamos ante un problema preocupante.

 
Durante los últimos años, los españoles hemos asistido impasibles a sucesivos intentos de manipulación masiva por parte de un partido político que no ha dudado en profetizar el fin del mundo cuantas veces ha apetecido. Empezaron queriendo deslegitimar la victoria socialista de marzo de 2004; continuaron con la teoría de la conspiración, enmarañando todo lo relacionado con el trágico atentado de Madrid hasta crear un clima irrespirable que ni la conclusión del juicio sirvió para disipar. Con una capacidad para el lío, el embrollo y la siembra de cizaña difícil de superar –para eso cuenta el eximio Rajoy con el consejo de Antonio Solá y Gabriel Cortina, personajes de la derecha extrema experimentados en montar manifestaciones en Colón y en asesorar mediante mensajes catastrofistas y apocalípticos a varios líderes latinomericanos de esa ideología-, la acometieron con todo tipo de insultos, bulos y descalificaciones contra un gobierno que, con la aprobación del Parlamento, quiso acabar con ETA hablando, al igual que habían hecho sus predecesores pero sin las concesiones que en su caso hizo el Sr. Aznar.

 
No contentos, la emprendieron contra Educación para la Ciudadanía, una asignatura fundamental para la formación de nuestros hijos a la que tildaron –coaligados con la jerarquía eclesiástica más reaccionaria que ha tenido España desde la dictadura- de estalinista y otras lindezas; hicieron lo posible para que fracasara el nuevo proceso autonómico abierto, usando la demagogia más chabacana para lanzar a un sector de la población contra una parte de España, Cataluña; jugaron hasta la extenuación con el problema del agua prometiendo un trasvase que no consta en su programa ; llenaron de escoria leyes que ampliaban derechos como la de matrimonios homosexuales o la de igualdad de sexos, atreviéndose en muchas comunidades mandadas por ellos a congelar la Ley de Dependencias.

 
Por si no era suficiente, a golpe de encuesta y apoyados por su escuadra mediática, decidieron culpar a un gobierno que ha invertido mucho más que su antecesor en bienestar social obteniendo superávit presupuestario, de la crisis económica que nace de la política económica especulativa llevada a cabo por Aznar y Rato y de la crisis del sistema financiero norteamericano, convencidos como están de que los españoles somos uno de los pueblos más tontos, ignorantes, olvidadizos y engañables del planeta. Pero como su osadía no tiene límites y había que explorar más caladeros de votos, dieron un paso más y se atrevieron a poner en la picota a los inmigrantes, destapando así el tarro donde se guardan los más bajos instintos y pasiones que albergar pueda el alma humana, anunciando también que la cárcel podrá servir de vivienda para los niños de doce a catorce años. Cosas de “la buena gente”.

 
España ha recibido en los últimos años a cuatro millones de emigrantes que han propiciado –según el informe de Caixa Catalunya 2006- que el producto interior bruto per cápita subiera en España un 2,6% anual durante la década que va de 1995 a 2005, crecimiento que habría sido negativo sin la presencia de los “extranjeros” a los que ese partido del que hablamos quiere “demonizar” para arrancar votos del miedo y la incultura. Los inmigrantes se están encargando de realizar los trabajos que los españoles no quieren hacer, los más duros, los más peligrosos, los más insalubres; cuidan de nuestros mayores, de nuestros impedidos y de nuestros hijos; han contribuido de modo fehaciente al saneamiento de las arcas de la Seguridad Social y han rejuvenecido un país con una de las tasas de natalidad más bajas de Europa. Se les ha explotado, se les ha vituperado, se les ha despreciado, pero nunca ningún partido se había atrevido –sabiendo que somos un país de tradición migratoria secular- a hacer campañas de corte cuasi xenófobo para incrementar su número de apoyos: Los inmigrantes han venido a España a trabajar. Hay entre ellos algunos que delinquen, como los hay entre los nacidos aquí. Para eso está el código penal. ¿Pretenden los reyes de la intoxicación informativa pedir a los españoles que defraudan a Hacienda, que explotan a los extranjeros, que tienen ideas trogloditas, que comulgan con ruedas de molino, que firmen un contrato parecido al que exigirán a los trabajadores pobres no nacidos aquí, o eso es harina de otro costal? A este paso, terminarán exigiéndonos a todos certificados de cristianos viejos, de buena conducta y de limpieza de sangre. Ya se sabe, son el partido del orden.

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