14 febrero 2008

Un contrato para Mariano

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PILAR GARCÉS nvalentonada por el clima de sospecha hacia el inmigrante que está creando el Partido Popular en esta precampaña, hace tres días una pareja de españoles comme il faut insultó gravemente al empleado de una gasolinera que no permitió que se colasen en la fila del pago. Delante iba un joven de origen senegalés. "Sudaca de mierda, vete a tu país". El mencionado trabajador con papeles, profesor universitario de Química y luchador por las libertades en el Chile de Pinochet antes de exiliarse, enamorarse y establecerse en nuestra acogedora Piel de Toro, les había tratado de usted. Por suerte su encargado, natural de la patria de Rajoy y además mi hermano, recordó que el único contrato que de momento rige para todos por igual es la ley en vigor, así que esgrimiendo el derecho de admisión, les echó de allí sin contemplaciones, deseándoles en su perfecto castellano sin acento un feliz domingo de peregrinación en busca de un surtidor gestionado por auténticos nacionales de rostro pálido y árbol genealógico con raíces en los godos (por no decir en los moros). No hay fronteras para el petróleo que vendes, hermanito, hasta ahí podríamos llegar, pero sí para los seres humanos que son tus compañeros de fatigas.


De la polvareda que andan sembrando Rajoy y sus comparsas vienen estos lodos que contaminan la convivencia de quienes no se mueven por la vida en coche oficial. Las partículas de xenofobia se van a quedar en el aire más allá del 9 de Marzo, y al que gane no le resultará sencillo pasar el aspirador. Tenemos un problema, y no se trata de que a Arias Cañete ya no le sirvan tapas con su cafelito, ni puñetera falta que le hace con su más que evidente sobrepeso. Tenemos un problema que son los diferentes, los de otro color, los de otra música en las palabras y otra forma de ojos. Ese mensaje malvado y embustero que lo mismo te vale para explicar por qué no llegas a final de mes, que para entender problemas estructurales como las listas de espera sanitarias o el elevado precio de las viviendas, ese runrún peligrosísimo anidará en la conciencia colectiva como cualquier otra leyenda urbana. Se lo creerán los mismos que defienden que a Anita Obregón le estallaron los pechos de silicona en un avión, o sea, demasiada gente.


Se me ocurre algo mejor que el carnet por puntos que el PP piensa imponer a los inmigrantes pobres (no a los futbolistas del Barça y el Madrid, ni a la mitad de los atletas que vamos a enviar a Pekín para que canten el himno, no a nuestros queridos alemanes; no al ex marido de Norma Duval que el otro día compartía matances con los conservadores isleños), o que el contrato de buenas costumbres propuesto un par de días antes, ése que puso los pelos como escarpias a todos los juristas de la patria (menos a los que van rapados y gastan tatuajes con la esvástica). Se me ocurre un contrato para los políticos, con alta el día de acceso a la poltrona. Un papel oficial que diga que no pueden mentir, robar, colocar a los amiguetes, saltarse a la torera las normas de contratación, torturar, destruir la naturaleza, invadir países del Tercer Mundo ni marginar a los homosexuales. En fin, lo que entiendo por buenas maneras. Yo sería feliz de abonar la parte alícuota del notario vigilante en la factura de los residuos sólidos urbanos.

¿Les gustaría vivir así, bajo sospecha, a esos ciudadanos ejemplares?

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