26 marzo 2008

Conciencia y objeción de conciencia

Hay en curso un debate sobre la objeción de conciencia frente a la asignatura «Educación para la ciudadanía». Pero el sentido común nos dice que antes de esta cuestión hay otras previas: ¿en qué consiste la conciencia y la objeción de conciencia?

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El ConcilioVaticano II, es decir la Iglesia Católica, nos describe la conciencia así en la «Gaudium et Spes»: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley, cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad» (GS 16). Esto supone, como nos dice el mismo Concilio al hablar de la libertad religiosa, que «la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa» «y esto de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos». En la misma línea, pero antes cronológicamente, la Declaración de Derechos Humanos de 1948 reconoce los derechos a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, así como a la libertad de opinión y de expresión (art. 18 y 19), derechos también recogidos por nuestra Constitución en sus artículos 16, 20 y 27.


Por ello yo puedo seguir mi conciencia, aún equivocada, con el límite de no quebrantar los derechos de los demás, lo que supone que mi respeto al prójimo me exige como católico que ni la tortura, ni la esclavitud, ni la poligamia, ni esos crímenes abominables, que son, según el Concilio, el aborto y el infanticidio (GS 51), pueden encontrar mi apoyo, precisamente porque violan derechos humanos.
Y como puedo y debo seguir mi conciencia, a la que debo intentar formar lo mejor posible, porque es mi norma suprema de moralidad subjetiva o de licitud, es posible y de hecho sucede que surjan conflictos entre las leyes civiles y las conciencias, siendo la objeción de conciencia la reacción de la conciencia moral ante la ley estimada injusta o perniciosa. La obediencia criminal a Hitler y el ejemplo de tantos mártires, muertos por ser fieles a su conciencia y negarse a obedecer gregariamente leyes u órdenes inicuas, nos indica que la moral cristiana no puede configurarse sólo con la obediencia, sino por una actitud de responsabilidad y de discernimiento. La moral católica reconoce el derecho y del deber del individuo de desobedecer las leyes que no estén de acuerdo con el recto orden moral, ya que «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5,29). Por ello los códigos deontológicos de Medicina y Enfermería admiten y defienden el derecho a la objeción de conciencia ante intervenciones contra la salud o la vida, porque la finalidad de la Medicina es sanar y no matar, existiendo otros múltiples casos, y no sólo la negativa a prestar el servicio militar, como consecuencia de las libertades contenidas en los documentos que he citado.


Y para terminar una pregunta: ¿opinan ustedes que la concepción del Sr. Rodríguez Zapatero y muchos dirigentes socialistas sobre temas como el relativismo moral, la educación sexual, el aborto, la eutanasia, el matrimonio y la familia son idénticas a las de la moral católica? Como es evidente que no, es lógico que muchos padres, amparados en el artículo 27 de la Constitución, no quieran que sus hijos reciban esa presunta formación. En cambio no habría inconveniente si la Educación para la Ciudadanía fuese, como lo es la clase de Religión y Moral Católica, optativa. Así nadie podría quejarse de imposición anticonstitucional.

La Rioja

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