10 abril 2008

El más allá

Dicen que la muerte es el último acto de la vida. De la muerte todo se aprovecha.


Una cosa es la memoria del muerto, porque mientras tenemos memoria del difunto hasta parece que continúa con nosotros. Pero otra cosa es la administración interesada de la muerte de los otros. "Él hubiera hecho eso", "ella eso no lo habría tolerado". Y así, de forma delegada e interpretativa, los vivos continuamos la apropiación de voluntades que ya no pueden ejercer.


Leo, una junto a la otra, dos noticias pequeñas de esa invasión sutil que los vivos hacemos con los muertos. La primera proviene de Copen- hague, donde una asociación arcoíris ha conseguido un espacio en el cementerio reservado a gays y lesbianas. Los responsables de la iniciativa consideran que hay muchos gays y lesbianas que, a la hora de la muerte, quieren estar juntos. Es una interpretación póstuma de gente que tal vez se amaba y que no se resigna a perderse cuando la muerte les separe. Pero ¿acaso nos preguntan la identidad del vecino de nicho cuando podemos elegir?


Hasta ahora era la religión la que administraba los espacios en función de las supuestas creencias del finado. Todavía hoy son muchos los cementerios que no cuentan con espacios para enterrar a los musulmanes, y cuando esto sucede se trata de espacios segregados, en tanto que un camposanto es, según la Iglesia, eso, santo. Y el infiel no tiene derecho a contaminar con sus despojos el descanso eterno de los creyentes.


Pero en Copenhague han dado un paso más para la segregación. Cuando todo tiende a la integración y a la normalización de las respectivas orientaciones sexuales, esos fundamentalistas daneses han creado voluntariamente un nuevo e inútil gueto. Todos somos más o menos iguales y afortunadamente también distintos. Lo importante es pertenecer al club de los vivos, no al club de los muertos abanderados. El día que mis amigos homosexuales mueran sentiré un enorme vacío en el alma que jamás se podrá llenar con el supuesto consuelo de que reposen en unas parcelas determinadas del cementerio. Me cuesta entender ese mal entendido orgullo gay que va más allá de la muerte. Si en la tierra nos unió la amistad, ¿por qué hemos de pensar que un cuerpo muerto es más importante que todo aquello que vivimos juntos?


La segunda noticia mortuoria nos llegaba de Polonia, donde el expresidente de la Conferencia Episcopal de aquel país, monseñor Tadeusz Pieronek, pretende que se exhumen los restos del papa Juan Pablo II, que se arranque el corazón al cadáver y que ese músculo bombeador de una sangre que ya no está se exhiba en la catedral de Cracovia. Creía que esa suerte de carnicerías religiosas formaban parte de la Edad Media. Pero la tentación de ir por la vida sacando corazones de las tumbas continúa vigente. Se hizo con Macià para mantener el culto de la religión nacional catalana. Ahora monseñor Pieronek pretende evitar que los muertos descansen en paz. Bastante difícil es vivir y morir como para que, cuando no hay remedio, nos desmonten a piezas o nos hagan yacer en tierra restrictiva.


Acta notarial
Cada miércoles desayuno con un amigo, siempre lo mismo, siempre de noche todavía. Cada miércoles, después de la cena, juego al billar, siempre con el mismo, siempre hasta el alba. La rutina es un día muy largo que da fe de nuestro paso por el mundo.

El Periodico

No hay comentarios: