29 abril 2008

Obsesionados con el otro lado de la cama

Recientemente los medios de comunicación se han hecho eco de la situación de Isabel Quintairos, redactora que durante 20 años trabajó en la cadena COPE y que ha sido despedida sin causa alguna. Ante la falta de motivación de su despido, la defensa de Isabel argumentó que éste se debía a su homosexualidad (había contraído matrimonio con su pareja recientemente) y a su nacionalismo (ocupó el puesto de responsable de prensa del Grupo Provincial del BNG, período durante el cual la emisora le concedió una excedencia forzosa).

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La sentencia del juicio establece que "la empresa no fue capaz de acreditar que la no readmisión de Isabel obedecía a las dos causas esgrimidas por su defensa", por lo que condenó a la COPE a readmitir a la trabajadora. Pero tras la readmisión llegó un nuevo despido. Es curioso que precisamente esta empresa radiofónica, la de los obispos, despida a una de sus trabajadoras no ya por ser homosexual, sino por dejarse ver como tal, mientras remunera a individuos que, desde sus micrófonos, afirman haber demostrado la falsedad del dogma de la Virgen María, invitan a dirigentes políticos a utilizar la mentira como argumento o llaman ecuatorianos de mierda a unos ciudadanos por el simple hecho de manifestarse libremente en las calles contra un acto terrorista.

 
A los pocos días de conocerse estos hechos leía, en la página web del periódico “Público”, la noticia de que una adolescente de trece años había sufrido reiteradas agresiones por parte de unas compañeras que descubrieron su homosexualidad. En la misma página observé que los comentarios a la noticia, más que referirse a los hechos narrados, hacían mención a un tal “Fran” que había escrito lo siguiente:


“Es normal que la sociedad se quiera defender de los ataques que dia si y dia tambien hacen esta gente. Si no quieren curarse me parece muy bien, pero que no exhiban su comportamiento inmoral y antinatural y mucho menos tienen por qué decir quien es lesbiana o gay. La culpa de todo esto es de ZP que nos esta entregando en manos de esta gente, y lo peor es que esta entregando a nuestros niños y por esto ahora desaparecen mas niños que nunca. Ojala el PP acabe con esto.”


El texto está copiado tal y como fue escrito por quien dice llamarse “Fran” y, como puede apreciarse, no tiene desperdicio, ni en el fondo, ni en la forma.

 
El discurso del homófobo, llámese Fran, Eulogio López o cadena COPE, es siempre el mismo. Ni Fran, ni Eulogio ni la COPE y sus periodistas “estrellados” tienen nada en contra del homosexual siempre y cuando éste viva “entre tinieblas”: el homosexual no puede decir que lo es, ni pasear por la calle agarrado de la mano de su pareja (porque está exhibiendo su comportamiento inmoral), ni ejercer libremente su derecho a casarse con la persona a la que ama (porque es antinatural), ya que todo ello es considerado “un ataque” por parte de estos “sujetos normales” que pululan por nuestra sociedad, un “ataque” que justifica, en este caso, el despido o la violencia. Cualquier persona “normal” sabe que el homosexual lo es porque no quiere curarse, que el negro lo es porque no quiere ser blanco o que el color de sus ojos es el que es simplemente porque no se pone lentillas. ¡Aplastante! Y como toda buena tarta, aquí también hay guinda: “la culpa de todo esto es de…”, ¿lo adivinas?, “¡ZP!”, y los salvadores son “¡el PP!” (como sin en el partido popular no hubiese homosexuales que, además de haber “aireado” su orientación sexual, se han casado rodeados de toda la cúpula de su partido). El homófobo es de lo más original, ¿verdad?. Y es que, releyendo el comentario, no me habría extrañado en absoluto que en lugar de aparecer firmado por el tocayo del generalísimo hubiesen estampado en él su nombre Eulogio López, César Vidal o la mismísima Schlichting.


Al homófobo le interesa demasiado la sexualidad ajena, la valora hasta tal punto que pervierte su visión objetiva de aquello que le rodea y su cuestionable escala de valores: mientras no descubra la homosexualidad de la persona que se sienta a su lado, con quien comparte techo o simplemente relación laboral, no hay problema. Todo cambia en cuanto su compañera de clase, su hijo o su empleada deciden salir del armario y vivir su vida con la misma normalidad con que la viven los demás: es entonces cuando la enfermedad de la homofobia hace acto de presencia, cuando sus síntomas se manifiestan en el rechazo, el desprecio, el odio y la violencia, cuando su enfermiza obsesión le lleva a teorizar sobre peras y manzanas o a confundir homosexual con pederasta, cuando la persona considerada “normal” se presenta ante la sociedad como un auténtico “anormal social”. Porque lo normal es valorar, apreciar y respetar a las personas por lo que son, no por quien ocupe su otro lado de la cama, y esto el homófobo no lo entiende.

Universo Gay

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