11 mayo 2008

La curación homosexual

Todavía existen esperpentos de diploma y bata blanca iluminados por la gracia de no sé qué ciencia. Atrincherados tras teorías hilarantes, estos alquimistas de la estupidez destripan sus diatribas médico-nazis en artículos de serie b. Y proclaman al mundo sus técnicas de sanación homosexual, su buen hacer con los electrodos, su capacidad para enderezar el gen idiota de todo maricón.

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La curación de la homosexualidad es, en pleno mayo de 2008, una carta que juegan muchos ludópatas del engaño. No sé si será por picaresca, por ignorancia o por fascismo, pero están ahí. En pseudoasociaciones religiosas, en consultas clandestinas, en panfletos de mercadillo y, sólo a veces, en cátedras universitarias.

Parten de una hipótesis repugnante: los gays, dicen, tenemos una enfermedad que consiste en una desviación afectivo-sexual. Decenas de psicólogos, psicoterapeutas y mercachifles afirman que somos "inmaduros, con marcados sentimientos de inseguridad e inferioridad, con ansiedad y con fuertes rasgos obsesivos".

Estas teorías, muy trasegadas y explicadas en la red, hablan de "neurosis infantiles, heridas afectivas, factores alterados, anomalías en el desarrollo...". Hay quienes, incluso, tienen el cuajo de aclarar que nuestro aspecto morfológico no se diferencia, "generalmente", del de los heterosexuales. (Pues muchísimas gracias. Yo pensaba que los gays teníamos deformaciones craneales severas, tres ojos en el culo y penes gigantes, así que me quedo más tranquilo).

Algunos sectores eclesiásticos demuestran un interés admirable por erradicar la lacra homosexual. (Si pusieran el mismo empeño tozudo y abrasivo en fulminar el sida en África darían un vuelco a las estadísticas del VIH). Biblia en mano, muchos de estos doctores de barraca de pueblo instan a los infectados homosexuales a "descubrir con compasión las heridas del pasado" y a "resolver todo aquello que las ha causado a través de un proceso de perdón".

Qué manía tiene la Santa Iglesia con embadurnar la Humanidad de perdón. ¿A quién tengo que perdonar yo? ¿A mi padre alcohólico y maltratador, como dijo su reverencial eminencia Aquilino Polaino en la Comisión del Congreso que estudiaba los pros y los contras de la adopción homosexual?

Bueno, pues parece ser que si yo perdono a papá, me abrazo a los sacramentos como una lapa y me dejo llevar por los efluvios de la fe, me cambio de acera. Así, de un plumazo. Y además sin descargas eléctricas. Todo un lujo.

¿Y qué ocurre con aquellos que son poco dados a la indulgencia? ¿Es que los ateos no tienen derecho a una sanación digna? Tranquilos, que esta botica del despropósito tiene mil y una soluciones. Como no todo van a ser devociones, milagros y estampitas del santoral patrio, también se prodigan tratamientos de choque mucho más prosaicos.

Las terapias psiquiatricas de reorientación -¿a que suena fenomenal?- son muy demandadas por hordas y más hordas de progenitores desesperados. Se excava un poquito en el pasado; se hurga en la heridita de la infancia (quien más o quien menos tiene algún monstruo polvoriento escondido en el baúl de la memoria); se pellizca en el sentimiento de culpa (esto funciona como un reloj en mentes aturdidas y asustadas); y a pasar por caja.

Y luego está el lavado de cerebro. Algo que, según se desprende de la crónica de sucesos más casposa, sucia y enferma de los últimos tiempos, se sigue practicando bajo el nombre de terapia de aversión. Una nueva pirueta del absurdo con tintes sádicos y efectos terroríficos (claro que no se puede esperar nada bueno de un experimento parido en pleno furor lisérgico y espídico de los años 60).

El tratamiento es muy sencillo: los candidatos a abandonar la senda del vicio son sometidos a sesiones infernales de coacción. Primero se les suministran drogas o electroshocks que que provocan el vómito; acto seguido se les muestran fotos de hombres desnudos. Así durante una hora, y otra, y otra, y otra. Cuando, por fin, se pasa el huracán estomacal y las tripas abandonan su danza de la locura, llega el alivio de la mano de imágenes de mujeres. Lógicamente, el cerebro da gracias a Dios por ver esas tetas tan carnosas, por contemplar esas vaginas rasuradas y, sobre todo, por tener el estómago en su sitio.

Interesante, ¿no? Pues en los años 20 era muchísimo más divertido. Varios médicos alemanes cogieron la sana costumbre de implantar testículos de cadáveres en el cuerpo de hombres gays. El objetivo de esta carnicería era aumentar los niveles de testosterona.

Yo, por si las moscas, quiero dejar por escrito mi testamento vital. Si acabo en una secta, o en manos de algún doctor alemán anclado en el periodo de entreguerras, o el destino me tiene reservada una sorpresa de última hora y tengo que poner mi escroto al servicio de un bisturí, que no me implanten unos testículos de andar por casa. Que sean los de Nacho Vidal o similares, por favor. Porque ya que me tienen que abrir los cojones en canal, que me den dos buenas razones para no volverme loco con la cicatriz.

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