08 noviembre 2006

JERUSALÉN. 4.000 EUROS POR CADA GAY ASESINADO



LA RECOMPENSA la ofrece un grupo extremista israelí ante la celebración de una gran marcha de gays y travestis. CRONICA ha hablado con ellos en un club, uno de los pocos lugares donde viven hermanados israelíes y palestinos

Es media noche y después de un largo repertorio musical del grupo Abba uno de los travestidos se encarama en el escenario de Shushan para presentar a la estrella de la velada. «¡Y ahora, gays y lesbianas... con ustedes... la reina de Sheba!». Iman se ha encasquetado un elegante vestido y unas espectaculares botas negras de tacón alto acompañadas de un abrigo del mismo color en su intento por emular a la cantante norteamericana Whitney Houston. La transfiguración del palestino es asombrosa. «Los pechos me los hago con bolas de arroz cocido. Suficiente para dar de comer a cuatro personas», asegura el joven con su peculiar sentido del humor. «Lo mejor es cuando la policía me registra. Me ha pasado decenas de veces. Empiezan a descubrir pelucas, pintalabios, maquillaje y cuando llegan a las tetas no saben qué hacer. El otro día empezaron a jugar con ellas y les tuve que decir: "¡Oye, pero qué hacéis con mis tetas!"», afirma.

«Shushan es una isla en Jerusalén. Un lugar donde encuentras a todo tipo de gente: gays, heterosexuales, judíos, palestinos y hasta algún ultraortodoxo muy asustado como Moshe, que aparece con su enorme barba, su sombrero y abrigo negro [el atuendo tradicional de este sector fundamentalista judío], se calza una minifalda y se convierte en Esther», explica Nathaniel, propietario del Shushan y concejal del ayuntamiento de Jerusalén por el partido izquierdista Meretz.

La presencia en Shushan de judíos como Nathaniel o Moshe y palestinos como Iman -en realidad se llama Alí, pero todos los travestidos del lugar se saludan por su apodo artístico- es tan sólo un ejemplo de la especial aureola de libertad que se ha ganado un bar que se inauguró hace sólo dos años y ya es un referente de coexistencia en Jerusalén.

Pero la irrupción en la vida pública de Jerusalén Oeste de los LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) ha desatado de manera paralela una actitud cada vez más agresiva de grupos extremistas cuyo punto caliente estará en la Marcha del Orgullo Gay que recorrerá la ciudad el próximo miércoles. Fundamentalistas judíos, musulmanes y cristianos, tradicionalmente enconados adversarios, han entonado estos días las mismas palabras amenazantes contra la convocatoria gay.

La policía israelí cree que los extremistas judíos pueden llegar a usar granadas, cócteles molotov y hasta vehículos para atropellar a los participantes. Y la organización La Mano Roja para la Redención, del mismo corte ideológico, ofreció en julio 4.000 euros por cada gay «asesinado». Ante este clima de anunciada violencia, las autoridades temen que los 8.000 uniformados que se desplegarán en las calles para proteger la cita sean insuficientes y se podría llegar a decretar la alerta máxima en todo Israel.

La marcha gay del año pasado ya se saldó con tres participantes apuñalados. El propio Shushan sufrió las iras de los intransigentes, que lanzaron un cóctel molotov contra la entrada del recinto en abril de 2005.

«Aquí la religión y el nacionalismo quedan arrinconados frente a la orientación sexual. Lo que buscamos los gays es si un tío es guapo y nos da lo mismo si es checo o eslovaco. Shushan es como una familia. Hay palestinos que pasan horas evitando controles militares y patrullas para llegar porque entre ellos no existe nada similar», dice Nathaniel, de 35 años, alabando el ambiente tolerante del local.

UN PRIMER MINISTRO GAY

«Mis amigos siempre dicen lo mismo: "Hay que nombrar un primer ministro gay para todos (israelíes y palestinos) y conseguiríamos la paz en 10 minutos". Una vez se me ocurrió que deberíamos formar un partido que se llame Travestidos por la Paz, pero después pensé que eso de la política es un rollo. A mí lo que me interesa es saber como se peina la reina Rania [de Jordania]», le secunda Iman.

En el bar, La Reina de Sheba ha dejado paso a Ruby y Sabrina, otros dos palestinos ataviados con sus mejores galas femeninas. Los sábados Shushan dedica la velada a la música oriental, un simple motivo para que en esa jornada el público sea en su mayoría árabe.

La aparición de Shushan en la escena nocturna de Jerusalén confirma la progresiva revolución social que ha registrado la villa, que en el 2002 acogió la primera marcha gay de su historia. Una transformación paralela a la que se registró en Israel, donde la sodomía estuvo penada hasta 1988 pese a ser ahora el país más progresista de Oriente Próximo respecto a la comunidad gay. «En poco más de 10 años, entre 1988 y 1998, Israel avanzó más en el respeto de los derechos de homosexuales y lesbianas que Europa en tres décadas», indica Nathaniel.

Atrás quedan la era de los escarceos sexuales clandestinos en el Parque de la Independencia, las noches locas de bares como Incógnito, Laila o Lulu -tímidos precursores de Shushan- o la inauguración en 1997 de Casa Abierta, una ONG que aglutina tanto a gays israelíes como palestinos.

Del lado árabe, por el contrario, ser gay continúa siendo un tabú que ni siquiera Iman se atreve a desafiar abiertamente. Pionero de los travestidos de su comunidad, está casado y tiene tres hijos. «Siempre supe que era diferente. De pequeño me ponía a bailar y cantar encima del pupitre y, claro, los profesores me echaban de clase», rememora. «A mi familia le digo que trabajo en el teatro. Sería difícil explicarles que soy un travestido. Ni siquiera existe esa palabra en árabe», añade.

Como admite Haneen Maiki, una palestina de 28 años responsable en Casa Abierta del programa de asistencia a los gays y lesbianas de su comunidad, el 98% de éstos, incluida ella, no han revelado su condición. «No podemos pensar en términos europeos, pero hay toda una generación que ha crecido y quiere cambiar nuestra sociedad. No quieren irse como refugiados políticos a Suiza o mendigar por una visa de Israel», explica.

Iman incide también en el carácter precursor de la casi veintena de travestidos que dice pululan por los ambientes palestinos y árabe israelíes, aunque reconoce la existencia personajes como Buddie, una drag queen de 19 años de Ramala (Cisjordania) que tuvo que exiliarse hace escasos meses a Italia ante las amenazas recibidas. «Le ayudamos a conseguir el estatus de refugiado político», explica Noa Sattath, directora ejecutiva de Casa Abierta.

De hecho, tanto Casa Abierta en Jerusalén como Agudah -la primera organización gay que se estableció en Israel- en Tel Aviv apadrinan programas de protección para los homosexuales y lesbianas palestinos que han tenido que huir de su entorno. El dirigente de Agudah, Shaul Gonen, calculaba ya en el 2003 que al menos 25 de ellos se encontraban refugiados en Israel.

Son las 2:30 de la mañana. Iman, Ruby y Sabrina se atreven a pasear por el centro de Jerusalén Oeste vestidos todavía con sus provocativos atavíos femeninos. Iman porta una minifalda roja capaz de provocar que hasta un grupo de soldados israelíes se detenga frente al trío. «Me preguntaban si mis tetas son de verdad y uno me dio su número de teléfono», cuenta.

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